L’Olimpu del ciclismu: la lleenda física del Angliru

Monumento en Angliru con altitud de 1570 m y nombres de rutas y lugares circundantes

Subir al Angliru no es sólo afrontar una de las ascensiones ciclistas más duras del planeta: es adentrarse en el escenario indómito del concejo asturiano de Riosa, donde el asfalto se vuelve vertical y el esfuerzo físico se lleva al límite absoluto.

Antaño conocido únicamente por excursionistas y ganaderos locales que subían a las brañas de El Gamonal, este coloso de la Montaña Central cobró fama mundial tras su inclusión en la Vuelta a España de 1999, buscando un final de etapa con la misma resonancia y dureza que los Lagos de Covadonga.

Coronar este coloso exige un sacrificio que funciona como una metáfora perfecta del propio territorio. No es casualidad que esta cumbre se eleve sobre valles que, durante generaciones, forjaron su carácter en el rigor de la línea minera. La misma obstinación y la fortaleza mental que se requerían para descender a las profundidades de la mina se trasladan hoy, a cielo abierto, a cada pedalada que busca ganar la partida a rampas que alcanzan su cénit en la Cueña les Cabres, con un exigente 23,5% de pendiente máxima.

Quien se enfrenta a este gigante de asfalto no compite contra un cronómetro ni contra los rivales: compite contra sí mismo y contra una gravedad que parece aplastante. Es un reto personal de dimensiones épicas donde la resistencia y la capacidad de sufrimiento físico se impone a cualquier estrategia.

Montañas verdes bajo un cielo azul despejado con un pico prominente al fondo

La herencia del esfuerzo

La dureza del Angliru reside en que sus carreteras no entienden de medias tintas. Considerado como una de las cimas de mayor exigencia mundial subida en carrera, su leyenda se escribe incluso antes de empezar a subirlo. El pelotón profesional nunca llega fresco a sus faldas: la tradición exige el castigo previo del Alto del Cordal, un puerto de primera categoría con un kilómetro y medio final a más del 12% y un descenso capaz de quebrar a grandes figuras del ciclismo.

Ese desgaste previo obliga a iniciar la ascensión con las piernas ya al límite, donde cada recodo recuerda al viajero que está atravesando un territorio donde nada se ha conseguido sin esfuerzo. El silencio de la alta montaña asturiana solo se rompe por la respiración del ciclista, un eco moderno de los mineros que desafiaron la orografía en explotaciones de montaña tan duras como las cercanas de Texeo.

Esa exigencia deportiva quedó grabada en la memoria colectiva en 1999, cuando José María “Chava” Jiménez adelantó al ruso Pável Tonkov en los últimos metros tras salir de la densa niebla, firmando una de las páginas más célebres del ciclismo internacional. Por eso, el cicloturista que llega hoy desde cualquier rincón del planeta comprende que el valor del destino radica en el proceso de superación.

La Montaña Central ofrece aquí su versión más exigente. Conquistar esta cima es entender que la verdadera esencia del territorio se gana con las manos y las piernas. Quizá el secreto mejor guardado de este gigante sea que, al vencer sus pendientes, no solo te llevas el recuerdo de haber coronado el Olimpo del ciclismo, sino el orgullo de haber hecho tuyo, al menos por un día, el indomable tesón de la gente de la cuenca. Una victoria honesta, sin filtros y ganada a pulso contra la montaña.

02 July, 2026 - wp6tems

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